En la era de la comunicación,
bancos, compañías eléctricas, telefónicas y cualquier empresa de dimensiones
considerables que se precie, hace ya tiempo que abandonaron la atención al
cliente. Aquella práctica otrora bastión de la política comercial de las empresas
ha sido fulminada por una oferta interminable de webs, redes sociales y
software telefónico, donde los usuarios desorientados se pierden y las
compañías esconden la cabeza para no tratar directamente con los clientes.
Es paradójico que estas prácticas
decadentes en las empresas coincidan con un fervor legislativo en defensa de
los consumidores; pero suele pasar, es como la ley de protección de datos, que
provoca el gasto de inmensas sumas de dinero para cumplir la norma pero que no
garantiza cuestiones básicas como el respeto de la hora de la siesta, y te
llaman impunemente, una y otra vez, para venderte una línea telefónica.
Lo peor, es que esta tendencia de
alejamiento entre humanos se ha extendido a la administración pública, con sus
webs tan interminables como ineficaces. Ya les valdría, con la cantidad de
empleo público que se crea, reservar un poquito de ese empleo para trabajadores
amables y solícitos que atiendan con un poco de humanidad. No se puede pedir
menos.
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